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Crónicas Madrid'87
Carlos Díaz nos cuenta su experiencia personal sobre el concierto de Madrid

15 años. Buf, se dice rápido. 15 años desde el día que (perdona por el tópico) cambió mi vida. Ayer estuve rememorando la cita del Bernabeu gracias a unas cochambrosas cintas de cassette que me grabaron de un vinilo de aquella época, y la verdad es que las imágenes invadieron mi cabeza en una forma tan emocionante como caótica. Permíteme que comparta contigo algunas sensaciones inolvidables que no tengo demasiadas oportunidades de sacar a la luz. Espero no aburrirte demasiado.

Yo tenía 16 años y nunca había ido a un concierto de esa magnitud. Así que puedes imaginarte la reacción de mi familia cuando les dije que necesitaba su inestimable aportación económica para ir a ver al que era mi grupo de cabecera desde hacía un par de años. El "The Joshua Tree" había salido coincidiendo con mi viaje de fin de curso a Italia, y tenía muy claro (a pesar que no había internet, ni que U2 era ni por asomo en nuestro país el monstruo que todos conocemos) que se trataba de un acontecimiento histórico que no podía perderme por nada del mundo.

La oportunidad perfecta se presentó cuando un programa de Radio 3 organizó un concurso para sortear entradas del evento. Con una pareja del instituto hice el pacto de participar en el sorteo y de que, en el caso de haber suerte, la entrada y el viaje no cubierto se comprase a medias. El caso es que ellos fueron unos de los agraciados con las dos invitaciones y una noche de hotel en Madrid, y que nos buscamos la vida para unirnos a un grupo de aficionados que habían contratado un autocar para ir al concierto. El viaje fue espectacular: ¡nueve horas!, en un trasto sin vídeo y conducido por un viejo que no soportaba más de quince minutos seguidos de música "estridente" y que logró el dudoso récord de llegar a Madrid sin haber adelantado ni a un solo vehículo.

Al llegar a Madrid, mis dos amigos se bajaron para registrarse en el hotel asignado mientras los demás seguimos rumbo al estadio del "enemigo". Recuerdo casi más el caos de la Castellana que el propio concierto: las riadas de gente, las pantallas de vídeo en la calle, los furgones y caballos de la policía, los reventas que me llegaron a ofrecer 25.000 pesetas por mi preciada entrada,... El caso es que llegó la hora en que había quedado con mis colegas y no había ni rastro de ellos. Media hora, una hora y nada. Finalmente opté por entrar solo y buscar acomodo en el infierno. Las gradas del gol opuesto al escenario fueron la ubicación de un niñato de Barcelona, perdido en la inmensidad del campo del Real Madrid. No recuerdo prácticamente nada de los conciertos de UB40 y Pretenders (a Big Audio Dynamite me los perdí en la espera), pero sí la locura de la gente hacinada por los pasillos y accesos del estadio, en una estampa que los reportajes de los días siguientes definieron como dantesca y peligrosa.

...y entonces la "infinite guitar" de "Where the streets have no name" y la locura más absoluta. Unas figuras diminutas en el horizonte y una música que se amplificaba en mi interior como ninguna lo había hecho, y como ninguna lo ha vuelto a hacer. Y algunos detalles concretos: la temeraria excursión de Bono por el escenario durante "The Electric Co.", los indignantes silbidos durante una escalofriante interpretación de "October" de gran parte de la gente que había ido a figurar o a escuchar a los autores del "With or without you", los comentarios en esforzado español por parte de Bono, la sorpresa de "Spanish eyes", el emocionante final con "40", etc, etc.

Esa misma noche regresé a casa con el dichoso autocar. No pude pegar ojo en todo el viaje y al llegar a casa caí exhausto. Tras dormir doce horas, al levantarme sufrí un pequeño desfallecimiento. Una doctora de guardia me diagnosticó una simple gripe de verano, siendo incapaz de identificar un principio de pulmonía que me tuvo en cama las dos semanas siguientes de ese verano del 87.

En 1992, cuando el Zoo TV Tour llegó a España, tuve la ocasión de cubrir el debut de U2 en Barcelona para la revista Popular 1, con la que colaboraba desde hacía unos pocos meses. Incapaz de realizar una crónica objetiva del primer concierto, que tengo que reconocer que me descolocó abiertamente, encabecé mi artículo (nº 225, Junio 92) de la siguiente manera:

"En cierta ocasión alguien que no recuerdo se preguntaba, con cierta amargura, si los recuerdos son algo que se tiene o algo que se ha perdido. Quizás no interese a nadie, pero desde el ya lejano 15 de julio de 1987, en que pude ver a U2 en el Santiago Bernabeu de Madrid, arrastro la sensación de que aquél fue uno de los momentos más álgidos de mi vida. Han cambiado muchas cosas desde entonces, pero sobre todo ha pasado mucho tiempo, quizás demasiado. Es por esa razón por la que me enfrento a mi segunda cita con los irlandeses en una incómoda tesitura. Por una parte, con el deseo impulsivo -e inútil de antemano, ya lo sé- de convertir en tangible algo que cada vez se asemeja más a un bonito sueño. Por otra, con el temor que no logro disipar y que me asalta desde que empecé a recibir noticias e imágenes del Zoo TV Tour. La culpa no la tiene el polémico 'Achtung Baby', que me parece un disco magnífico, sino una serie de cosas que no logro integrar armoniosamente en la trayectoria del grupo. Me refiero a la espectacularidad escénica de la que hacen gala -de la que siempre habían renegado-, a la nueva imagen pública de Bono y The Edge - me parece muy bien que quieran romper con la apariencia que habían difundido entre su paciente legión de seguidores, pero creo que se les ha ido un poco la mano con la vena estrafalario-irónica- y, principalmente, el hecho de que no toquen nada anterior al 'The Unforgettable Fire', aunque entienda que pueden estar cansados de hacerlo durante tantos años. De todas formas U2 son U2, y cuatro horas antes de su debut en Barcelona estoy ante la puerta del modélico Palau Sant Jordi".

Puedes imaginarte que si la nostalgia ya hacía acto de presencia por aquel entonces, lo que supone rememorar en pleno 2002 una noche marcada a fuego en mi cabeza. La sensación de haber podido estar el momento justo y en el sitio indicado, y de haber visto al grupo de mi vida en su plenitud de facultades, antes de reinvenciones, ironías y rocambolescas operaciones de despiste.

Después nada fue igual, aunque como buen fan me hice socio de Bandera Blanca y de la posterior U2 Alternativa. Me dejé impactar por toda la movida post "Rattle and Hum" (especialmente memorable fue el segundo concierto del Zoo TV en el Sant Jordi), disfruté de la velada del año siguiente en el Vicente Calderón (esta vez también con desplazamiento en autocar pero sin efectos secundarios), me deprimí con la ración desganada de "Pop" con que nos deleitaron en el Estadio Olímpico de Barcelona en el 97, y me quedé medio afónico con el autocomplaciente, pero de hondo alcance sentimental, "Elevation Tour".

El paso del tiempo ha ido ampliando mis gustos musicales hacia diferentes frentes (Joy División, PJ Harvey, AfghanWhigs, James, Nick Cave, Nick Drake, Randy Newman, Velvet Underground, David Bowie, Flaming Lips, Mercury Rev, Sonic Youth, Jeff Buckley, Radiohead, Lambchop, My Bloody Valentine, Primal Scream, Stone Roses, Sugar, Tom Waits, Leonard Cohen, Marvin Gaye, Galaxie 500, Pixies, Disco Inferno, Tindersticks, Spacemen 3, ....), pero sin alcanzar el irrepetible grado de excitación juvenil provocado por Bono y sus muchachos.

P.D. Anecdóticamente, sólo me queda añadir el hecho que "la pareja feliz" con la que fui a Madrid nunca llegó a saldar su deuda económica, pero sigue felizmente unida y gestiona desde hace varios años una de las más exitosas salas de tecno de Barcelona. Aunque nuestro contacto es muy esporádico, nuestra última conversación alrededor de cierta banda irlandesa creo que debió ser una discusión a finales del 91 sobre las bondades del "Achtung baby".

O que cierto crítico sesudo e insobornable desde sus tribunas de un diario de alcance nacional y de cierta revista mensual de referencia de nuestro país (igualmente excolaborador de Popular 1 para más señas), y que ahora va de sobrado respecto a la carrera de U2, llegó a confesarme en su día el haber seguir el segundo concierto del 92 desde las puertas del Palau, imagino que para no tener que pagar la correspondiente entrada.

Bueno, el tema da para muchas más cosas, pero creo que por hoy es más que suficiente.

Carlos Díaz

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